Siempre discreta, tratando de pasar desapercibida, disimulando tu belleza y la rotundidad de tus formas.
Y entonces, un día…
Te maquillaste exageradamente. Tus labios, con un rojo brillante; tus ojos, con una sombra azul; tus mejillas, con tanto colorete que parecía una segunda piel.
Te pusiste una minifalda muy corta, sin medias (sólo más tarde descubrí que no te pusiste bragas). Y una blusa con un escote revelador. Y así, salimos a la calle.
“Renovarse o morir”, me dijiste.
Cuando regresamos a casa, no llegamos a entrar: en la escalera, junto a nuestra puerta, te alcé la minifalda y te clavé desde atrás y de una estocada mi miembro en tu vagina chorreante.
Me gustan los cambios.
Cuando te desvirtualicé, no eras tan guapa como parecías en tu avatar. Pero sí tan caliente como decías en tus tweets. Y tu novioamantemancebo, tan liberal como se dejaba ver en los suyos.
Bastó encontrar un rincón discreto para, entre los dos, despojarte de todos esos orgasmos que llevabas colgando.
En mi anuncio, dejé claro que no me importaba tener una conversación tórrida en el chat con un hombre o una mujer. Pero tú te has empeñado, a pesar de que todos los pequeños indicios así lo señalan, en hacerte pasar por una mujer.
Así que dejo de lado mi preferencia por la verdad y me entrego a una fantasía en la que construyes con letras la mujer que te gusta ser de vez en cuando, a pesar de saber que cuando yo eyacule, también será semen lo que saldrá de ti.
Te encanta usar amplios escotes que evidencien tus grandes pechos. Y no tienes reparo en tomarte fotos y subirlas a esa red social. Y yo tampoco lo tengo en mirarlas mientras me masturbo.
Algo en tu mirada, cuando de vez en cuando coincidimos, me dice que sabes que lo hago. Y que te satisface.
Es tu hermana la que está manoseando tus grandes tetas, pero la culpabilidad que te despierta solamente aumenta la humedad de tu entrepierna. No sabes como habéis llegado a esa situación. Quizá un comentario acerca del tamaño de tus pechos y la petición de ella de que se los mostrases.
Pero todo acaba cuando ella se agacha y se amorra a un pezón. Mueren los escrúpulos espoleados por la moral y se desboca el deseo. Cualquier arrepentimiento, que venga después del orgasmo.
“Necesito que me den verga” escuché que decía una negra enorme en la cabina que estaba junto a la mía en el locutorio desde donde ambos llamábamos.
No perdí el tiempo. Colgué y entré en su cabina, dejando salir por la bragueta la tremenda erección que me había causado con sus palabras. Ella tampoco lo perdió y nada más verla, la recibió en su boca.
El que tardó en darse cuenta fue el cobrador del locutorio. O eso, o se masturbó viéndonos y sólo nos echó después de haberse corrido.
¿Cuántas veces te vi en la oficina y agaché la mirada ante tus hermosos ojos y murmure un trémulo “buenos días”? ¿Cuántas veces quise decirte algo, cualquier cosa, sólo para tener una excusa para acercarme? ¿Cuántas veces pensé que eras totalmente inalcanzable?
Tantas como orgasmos te he arrancado ahora que estoy con mi boca entre tus piernas. Y que hubieran sido más a lo largo del tiempo si tú me hubieses dado señales de que ese camino estaba abierto para mí.
Pero no importa: recuperemos el tiempo.
Cada vez que pasaba por delante de aquella tienda, echaba un ojo dentro y cruzaba miradas con la tierna muchacha negra que atendía allí. Pasaba a diario, por lo que las miradas que se cruzaron fueron muchas.
Un día en que vio que no había clientes, regresó sobre sus pasos y entró. Fue directo hacia ella, sin decir palabra: su objetivo era la boca carnosa de aquella mujer.
Pero ella fue más rápida: abrió su blusa y dejó ver unos pechos pequeños pero duros, tan duros como sus tiesos pezones. Al verlos, tan sólo olvidó su objetivo original y se lanzó sobre ellos.
Chupándolos fue que le encontró el siguiente cliente que entró y salió por las mismas por eso de que es de mala educación interrumpir.
Apenas cumplió la mayoría de edad, fue en búsqueda de aquel hombre que la triplicaba. Y entonces, sin ningún riesgo legal, se entregó a pesar de que él se resistía. Pero terminó por ceder, los hombres siempre terminan por ceder a un acoso lo suficientemente empecinado y explícito.
Y ella, que ya no era virgen, supo disfrutar y hacer disfrutar a aquel largo y grueso pene que había visto una vez por accidente cuando él fue de visita a casa de sus padres. Aunque aquello le costase que no volviera por allí.